La historia de la ciencia está llena de avances que, vistos en retrospectiva, parecen inevitables. Pero en el momento en que ocurrieron, muchos de ellos fueron inesperados, incluso accidentales.
Ezra Klein y Derek Thompson recuerdan en Abundancia el célebre ejemplo de la penicilina. El historiador James Phinney Baxter III la describió como el “moho azul que entró por la ventana de Fleming gracias a una afortunada brisa”. Más allá de la metáfora, la idea captura algo esencial: algunos de los descubrimientos más importantes de la humanidad han surgido gracias a una mezcla de curiosidad, persistencia… y suerte.
Lo mismo ocurrió con el ARN mensajero. Durante décadas fue una línea de investigación marginal, poco valorada y con resultados inciertos. Sin embargo, cuando apareció el SARS-CoV-2, esa tecnología aparentemente secundaria se convirtió en una de las herramientas clave para desarrollar vacunas en tiempo récord.
Este tipo de avances nos recuerda algo fundamental sobre cómo progresa el conocimiento: la innovación rara vez sigue una línea recta. A menudo surge de caminos secundarios, ideas aparentemente poco prometedoras o experimentos que no buscaban exactamente el resultado que terminaron produciendo.
Por eso Klein y Thompson subrayan la importancia de proteger la investigación científica de presiones políticas o burocráticas excesivas. Cuando los científicos tienen la libertad de explorar, incluso las ideas más improbables pueden acabar abriendo ventanas hacia descubrimientos transformadores.
En ciencia, a veces el progreso llega precisamente desde donde nadie estaba mirando.
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