Cuando pensamos en Salvador Dalí, aparecen relojes blandos, paisajes imposibles y personajes surgidos del subconsciente. Sin embargo, este Retrato de Luis Buñuel, pintado en 1924, pertenece a una etapa anterior, cuando el artista todavía estaba buscando su lenguaje y aún no se había convertido en el gran icono del surrealismo.
Dalí conoció a Luis Buñuel en la Residencia de Estudiantes de Madrid, uno de los grandes centros culturales de la España de los años veinte. Allí coincidieron también con Federico García Lorca y otros jóvenes creadores que acabarían transformando el arte y la cultura española. Cuando realizó este cuadro, Dalí tenía unos veinte años y Buñuel veinticuatro. Su amistad era todavía reciente, pero ya compartían una actitud provocadora, inconformista y profundamente moderna.
El futuro cineasta aparece vestido con traje oscuro, camisa blanca y corbata, adoptando una presencia seria y monumental. No sonríe ni mira directamente al espectador. Sus ojos se desplazan hacia un lateral, como si estuviera concentrado en algo que sucede fuera del cuadro. Dalí no pretende mostrar a un joven amable, sino a una personalidad intensa, orgullosa y difícil de descifrar.
La cabeza, grande y perfectamente delimitada, domina toda la composición. Las cejas marcadas, los ojos profundos y las facciones angulosas casi parecen una máscara. El cuerpo, en cambio, se construye mediante amplias superficies oscuras y geométricas. En esta forma de simplificar los volúmenes se perciben las influencias que Salvador Dalí estaba explorando entonces, desde el cubismo hasta la pintura metafísica y las nuevas corrientes europeas.
El paisaje del fondo resulta especialmente inquietante. Los edificios aparecen solitarios, los árboles son delgados y casi secos, y las nubes flotan como extraños objetos suspendidos. No es todavía el universo surrealista que Dalí desarrollaría años después, pero ya encontramos esa sensación de silencio, vacío y misterio que acabaría siendo una de las marcas de su pintura.
También puede interpretarse ese escenario como una prolongación del carácter de Buñuel. El rostro permanece impasible y el paisaje parece igualmente contenido, frío y deshabitado. Todo transmite una cierta dureza emocional. Dalí presenta a su amigo como alguien que observa el mundo desde la distancia, con una mirada crítica que anticipa al futuro director de películas tan radicales como Un perro andaluz, La edad de oro o Viridiana.
La relación entre ambos sería decisiva. En 1929 colaborarían en Un perro andaluz, una película creada a partir de imágenes aparentemente irracionales y asociaciones procedentes de los sueños. La célebre escena del ojo cortado se convertiría en una de las imágenes más impactantes de la historia del cine. Un año después volverían a trabajar juntos en La edad de oro, aunque sus diferencias personales y artísticas terminarían alejándolos.
Por eso, este cuadro es mucho más que un retrato. Es el testimonio de un momento extraordinario en el que dos jóvenes todavía desconocidos estaban a punto de revolucionar la pintura y el cine. Dalí representa a Buñuel antes de convertirse en Buñuel, y al mismo tiempo el cuadro nos permite observar a Dalí antes de transformarse definitivamente en Salvador Dalí.
La obra, un óleo sobre lienzo de 70 × 60 centímetros, se conserva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Permaneció inicialmente en manos de Buñuel y posteriormente pasó a sus herederos, reforzando su carácter íntimo y personal.