Pintado en 1902, Démarche gitane, conocido en castellano como Andares gitanos, es uno de esos cuadros que llaman la atención desde lejos. Su autor, Hermen Anglada Camarasa, construye una escena nocturna dominada por varias mujeres que avanzan entre la oscuridad. No sabemos exactamente de dónde vienen ni hacia dónde se dirigen, pero sus vestidos, sus gestos y su forma de caminar convierten un momento cotidiano en una imagen llena de ritmo y teatralidad.
La gran protagonista es la mujer situada a la derecha. Su vestido amarillo parece emitir luz propia y destaca de manera espectacular sobre el fondo verde oscuro. Las flores rosas, los pliegues de la tela y la larga cola del traje están pintados con una materia muy espesa, casi rugosa. Anglada Camarasa no busca reproducir cada detalle con precisión fotográfica: le interesa mucho más transmitir el peso del vestido, el movimiento del cuerpo y la intensidad del color.
A la izquierda, las otras figuras aparecen parcialmente envueltas en sombras. Sus rostros apenas se distinguen y sus cuerpos parecen fundirse con la noche. Esta falta de definición aumenta la sensación de misterio. Más que retratar a personas concretas, el artista crea una sucesión de siluetas, manchas luminosas y tejidos ornamentados. La escena parece captada durante un paseo, a la salida de una fiesta o antes de una actuación.
Anglada Camarasa nació en Barcelona en 1871, se formó en la Escuela de la Llotja y posteriormente se instaló en París. Allí entró en contacto con la vida nocturna de la Belle Époque y con una pintura más moderna, influida por artistas como Degas y Toulouse-Lautrec. Durante aquellos años desarrolló un estilo muy personal, basado en los ambientes nocturnos, las figuras femeninas y un uso del color tan intenso que anticipaba algunos rasgos del futuro fauvismo.
En Andares gitanos, el tema sirve sobre todo como punto de partida para experimentar con la belleza visual. La indumentaria se transforma en una explosión decorativa de amarillos, rosas, verdes y negros. Incluso las piedras del suelo parecen acompañar el paso de las mujeres, creando una especie de compás visual. El cuadro no representa una acción importante, pero consigue que el simple hecho de caminar tenga algo de danza.
Vista desde la sensibilidad actual, la obra también refleja la fascinación de muchos artistas europeos de aquella época por aquello que consideraban exótico, popular o alejado de la vida burguesa. Esa mirada estaba marcada por los estereotipos culturales de comienzos del siglo XX. Por ello, el cuadro nos habla tanto de las mujeres representadas como de la imaginación artística y social del pintor.
Andares gitanos es, en definitiva, una obra construida alrededor del color, la sensualidad de las telas y el movimiento. Anglada Camarasa convierte la oscuridad de la noche en un escenario y los vestidos en auténticos protagonistas. El cuadro, un óleo sobre lienzo de 113,5 por 146 centímetros, forma parte de la colección del Museo Reina Sofía.
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