En la Sala de Venus de la Galería Palatina del Palazzo Pitti encontramos una de las esculturas más delicadas de Antonio Canova: la Venus Itálica. Fue creada a comienzos del siglo XIX para sustituir temporalmente a la célebre Venus de Médici (de la que hablamos la semana pasada en Emeshing.com) , una escultura de la Antigüedad que las tropas napoleónicas se habían llevado de Florencia a París. La ciudad necesitaba llenar el enorme vacío artístico y simbólico que había dejado aquella pérdida.
Canova recibió el encargo de realizar una copia, pero decidió ir mucho más allá. En lugar de reproducir exactamente la estatua antigua, creó su propia interpretación de Venus, combinando los ideales clásicos de belleza con una sensibilidad mucho más cercana y humana. La diosa aparece sorprendida mientras sale del baño y recoge apresuradamente un paño para cubrirse. Su cuerpo gira ligeramente, como si acabara de advertir la presencia de alguien que la observa.
La Venus Itálica de Antonio Canova:
La postura procede del modelo clásico de la Venus púdica, en el que la diosa intenta ocultar su desnudez. Sin embargo, Canova añadió una expresión de timidez y un movimiento suave que hacen que la figura parezca viva. La posición de las piernas, el giro de la cabeza y los brazos pegados al cuerpo transmiten una mezcla de pudor, fragilidad y sensualidad. No contemplamos una diosa distante, sino una mujer sorprendida en un instante íntimo.
Canova prestaba una atención extraordinaria al acabado de sus esculturas. Pulía cuidadosamente el mármol y aplicaba tratamientos que suavizaban su superficie para conseguir que la piedra reflejara la luz de una manera parecida a la piel. Por este motivo, la Venus Itálica cambia según el punto desde el que se observa y parece adquirir una calidez difícil de imaginar en un bloque de mármol blanco.
Cuando la Venus de Médici regresó a Florencia en 1815, después de la caída de Napoleón, la obra de Canova ya había conquistado al público y no perdió su importancia. Había nacido como sustituta de una estatua expoliada, pero terminó convirtiéndose en una creación independiente y en una de las grandes obras del neoclasicismo. En medio de las salas del Palazzo Pitti, rodeada de pinturas, terciopelo rojo y decoración dorada, su sencillez y su blancura consiguen atraer inmediatamente todas las miradas.
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