Como explica Lluís Canut en su libro, el último relevo de la antorcha antes del encendido del pebetero fue uno de los secretos mejor guardados de aquellos Juegos. Juan Antonio San Epifanio, el mítico Epi, recibió la confirmación apenas un día antes. Desde ese momento todo fue discreción absoluta: traslado casi clandestino al Estadi Olímpic Lluís Companys, ensayo general y la necesidad de sincronizar cada paso con la música de la ceremonia.
La escena tiene algo de íntimo y humano: uno de los mejores jugadores europeos de los años ochenta, en sus cuartos Juegos Olímpicos, pasando la noche en vela con un walkman para memorizar el ritmo exacto de su intervención.
Como relata el propio Lluís Canut en el recomendable libro "La vida en directo: 50 años del mejor periodismo deportivo" :
“El Súper va demanar un walkman per poder-se aprendre el ritme musical de la seva intervenció, que estava ajustada al minut. El reconegut millor jugador europeu dels vuitanta, en els seus quarts Jocs Olímpics, no va poder dormir i es va passar la nit escoltant i memoritzant la banda sonora que l’acompanyaria fins a cedir el foc olímpic a l’arquer Antonio Rebollo.”
Aquel gesto aparentemente pequeño ayudó a que todo saliera perfecto. Instantes después, Epi entregaría la llama al arquero Antonio Rebollo, quien lanzaría la flecha que encendió el pebetero en una de las imágenes más icónicas de la historia olímpica:Porque el deporte no solo se compone de récords y medallas. También de historias invisibles que, cuando se cuentan, nos recuerdan la emoción que hay detrás de cada momento legendario.
Que conste que yo hace 34 años estaba presente en este gran momento de la inauguración de los JJOO de Barcelona 92 y la flecha que lanzó con su arco Rebollo me pasó por encima, pues estaba sentado justo en esa zona del Estadi Olímpic.
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