En cualquier ámbito, ya sea en política, empresa o deporte, tendemos a pensar que los mayores riesgos provienen de los errores propios o de las decisiones mal ejecutadas. Sin embargo, la historia demuestra que muchas veces lo que realmente marca la diferencia es aquello que no se puede prever ni controlar: los eventos inesperados.
“Cuando a principios de los años sesenta un periodista preguntó al ex primer ministro Harold Macmillan qué era lo que más debía temer un gobierno, no dijo que los errores, las intrigas o las malas decisiones, sino ‘los acontecimientos, querido amigo, los acontecimientos’.”
La frase cobra aún más fuerza si entendemos quién la pronuncia. Macmillan lideró el Reino Unido en un periodo especialmente complejo, marcado por la posguerra, la descolonización y los cambios geopolíticos acelerados. Su célebre discurso del “Wind of Change” simbolizó precisamente esa conciencia de que el mundo estaba cambiando a una velocidad que desbordaba cualquier planificación tradicional.
Más allá de la política, su reflexión es profundamente aplicable al liderazgo moderno. Vivimos en una era de disrupciones constantes: avances tecnológicos, crisis económicas, cambios regulatorios o eventos globales inesperados. En este contexto, la rigidez estratégica se convierte en una debilidad.
Macmillan nos recuerda que no basta con evitar errores o diseñar planes perfectos. La verdadera capacidad de un líder reside en anticipar lo incierto, cuando es posible, y sobre todo, en adaptarse con rapidez y criterio cuando lo inesperado sucede. Es ahí donde se mide el liderazgo real: en la gestión de lo imprevisible.
Porque, al final, no siempre gana quien mejor planifica, sino quien mejor reacciona.
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