Una de las ideas más incómodas, pero también más reales, del emprendimiento es que el fracaso no es una excepción: es parte del proceso.
Precisamente en el recomendable libro Enamórate del problema, no de la solución, Uri Levine lo explica de forma muy directa: construir una start-up implica aceptar que el camino está lleno de intentos fallidos. Y no solo está bien que ocurra, sino que es necesario.
Como recuerda el autor del libro Uri Levine, esta idea no es nueva. Michael Jordan lo expresó con una frase ya famosa:
“He fracasado una y otra vez en mi vida, y por eso es por lo que tengo éxito”Y Wayne Gretzky lo resumía con humor:
“Fallé el cien por cien de los tiros que no lancé”.
La lógica detrás de estas frases es simple. Cuando intentamos construir algo nuevo, algo que nadie ha hecho antes, es imposible tener todas las respuestas desde el principio. Incluso cuando creemos saber exactamente qué hacer, la realidad del mercado, del producto o de los usuarios suele demostrar lo contrario.
Por eso las start-ups avanzan mediante prueba, error y aprendizaje continuo. Se intenta una idea, se mide el resultado, se aprende de lo que no funciona y se vuelve a intentar. Y así sucesivamente, hasta encontrar aquello que realmente encaja.
Quizá la lección más importante sea precisamente esa: entender que crear una start-up es, en gran medida, un viaje de fracasos. Si se asume desde el principio, no solo se reduce la frustración, sino que aumenta la probabilidad de llegar al éxito. Porque cada intento fallido acerca un poco más a la solución correcta.
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