jueves, febrero 12, 2026

Shaquille O'Neil y la fiebre amarilla ante unos muy buenos Portland Trail Blazers #Shaq #Blazers #Lakers #FiebreAmarilla #Staples #SHaw #Bryant #Horry

 “Los Blazers lograron remontar ante los Lakers un 3 a 1 en contra a través de una gran defensa a Shaquille O’Neal que en el sexto partido se había quedado en 17 puntos y 11 rebotes. Y en el séptimo en el Staples Center de Los Ángeles todo apuntaba a victoria por el equipo de Oregon. De hecho, a principios del último cuarto, Portland iba ganando 75 a 60 en lo que estaba siendo un partido muy duro en defensa. Pero en ese momento surgió toda “la fiebre amarilla” de Los Ángeles y Shaquille respondió con puntos, un gran tapón y rebotes, bien acompañado por Kobe Bryant (un total de 25 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias en el partido) y otros actores secundarios pero imprescindibles como Brian Shaw o Robert Horry. Shaquille se quedaría en 18 puntos, 9 rebotes y 5 asistencias. Y del 75 a 60 se pasaría al 89 a 84 final.”

CONEXIÓN NBA: Una metáfora de la vida, Josep Àngel Colomés

Hay partidos que no se explican solo con estadísticas. Hay noches que funcionan como advertencias. La final de la Conferencia Oeste del año 2000 entre los Portland Trail Blazers y los Los Angeles Lakers fue exactamente eso: una lección sobre la fragilidad de las ventajas, el peso del contexto y la importancia de saber cerrar cuando todo parece a favor.

Portland había construido una serie ejemplar. Tras verse 3–1 abajo, ajustó su defensa, colapsó la pintura y logró algo que parecía imposible: frenar a Shaquille O’Neal, el pívot más dominante de su era. En el sexto partido lo dejó en 17 puntos. En el séptimo, durante tres cuartos, lo volvió a conseguir. El plan funcionaba. El ritmo era el que quería Oregon. El marcador también. A comienzos del último cuarto, el 75–60 parecía una sentencia.

Pero el baloncesto, como la vida, rara vez respeta los guiones.


Cuando el partido entra en territorio mental

Aquel último cuarto no se perdió solo en la pista. Se perdió en la cabeza. Portland dejó de atacar con fluidez, empezó a jugar contra el reloj y no contra el rival. Los tiros se volvieron forzados, las decisiones conservadoras. Y eso, frente a un equipo campeón en potencia, es una invitación abierta al desastre.

En ese contexto emergió lo que el texto define con acierto como “la fiebre amarilla”. El Staples Center se convirtió en un amplificador emocional. Cada canasta encendía al público. Cada error de Portland alimentaba la remontada. Y entonces, cuando el partido exigía temple, apareció el liderazgo.

Shaquille no necesitó anotar 40 puntos. Le bastaron presencia, intimidación, rebotes y un tapón clave. Cerró el partido con 18 puntos, 9 rebotes y 5 asistencias. Pero el golpe definitivo llegó desde el perímetro y la transición, de la mano de Kobe Bryant, que firmó una actuación total: 25 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias. Más que números, fue actitud. Atacar cuando otros dudan.

Y alrededor de ellos, los nombres que rara vez encabezan titulares pero sostienen campeonatos: Brian Shaw y Robert Horry, siempre en el lugar correcto, siempre a tiempo.

El valor de los actores secundarios

Esta serie es una reivindicación del baloncesto como deporte colectivo incluso en la era de las superestrellas. Los Lakers no ganaron solo por Shaq y Kobe. Ganaron porque cada pieza entendió su rol y lo ejecutó bajo presión.

En la vida profesional ocurre algo similar. Los proyectos no se caen únicamente por falta de talento, sino por ausencia de apoyo en los momentos críticos. Cuando el entorno acompaña, el talento florece. Cuando no, se desgasta.

Portland tuvo el plan, tuvo la ventaja y tuvo el momento. Pero no tuvo la respuesta emocional cuando el escenario cambió.

Aprender a cerrar: la diferencia entre competir y ganar

Del 75–60 al 89–84 hay algo más que una remontada. Hay una lección durísima: saber competir no es lo mismo que saber ganar. Cerrar un partido exige una mentalidad distinta. Exige asumir el riesgo cuando el miedo invita a protegerse. Exige liderazgo cuando las piernas pesan y el ruido aprieta.

Los Lakers, aquel año, no solo ganaron un partido. Iniciaron una dinastía. Los Blazers, en cambio, quedaron marcados por una de las derrotas más dolorosas de su historia. No por ser inferiores, sino por no rematar cuando tenían al rival contra las cuerdas.

Una metáfora que trasciende el parquet

Este partido resume una verdad incómoda pero universal: las grandes oportunidades no avisan dos veces. Puedes hacer muchas cosas bien durante mucho tiempo y perderlo todo en unos minutos si no estás preparado mentalmente para el desenlace.

Como en la vida, no basta con llegar. Hay que saber terminar. Y ese último tramo, cuando la presión es máxima, es donde se separan los buenos de los inolvidables.

Los Lakers supieron hacerlo. Portland no.
Y por eso, aquel séptimo partido sigue siendo mucho más que un marcador final. Es una advertencia eterna.


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