Vivimos con el pulgar en automático. Desbloqueamos el móvil casi sin darnos cuenta y empezamos a deslizar con el dedo hacia a bajo, primero una una noticia, un vídeo, una foto, otro vídeo. Prometemos parar en cinco minutos, pero cuando levantamos la vista ha pasado media hora, o una hora, y apenas recordamos qué hemos visto. El scroll infinito no está diseñado para informarnos ni entretenernos mejor, sino para mantenernos ahí el mayor tiempo posible, siempre esperando el siguiente estímulo.
El problema no es la tecnología en sí, sino cómo nos roba la atención del momento presente. Estamos en una comida con amigos y miramos la pantalla. Viajamos en transporte público y preferimos perder la mirada en contenidos ajenos antes que observar lo que nos rodea. Incluso en casa, en momentos de descanso, el silencio nos incomoda y lo rellenamos con una cascada de información que no hemos pedido.
Vivir el presente se ha convertido casi en un acto de rebeldía. Significa aceptar el aburrimiento ocasional, dejar espacio para que aparezcan ideas propias y no solo reacciones a lo que otros publican. Significa escuchar de verdad a la persona que tenemos delante sin pensar en notificaciones pendientes. Significa también descansar la mente, que no está hecha para procesar estímulos constantes sin pausa.
Dejar el scroll infinito no implica desaparecer del mundo digital, sino usarlo con intención. Entrar para buscar algo concreto y salir cuando ya lo tenemos. Cambiar diez minutos de desplazamiento mecánico por leer unas páginas, dar un paseo, observar, pensar o simplemente no hacer nada. Son decisiones pequeñas, pero acumulativas.
Cuando levantamos la cabeza de la pantalla, el mundo sigue ahí. Las conversaciones ganan profundidad, el tiempo parece más nuestro y la sensación de estar presentes se vuelve real. No es que pase algo extraordinario de inmediato, es algo más sencillo y valioso: volvemos a habitar nuestra propia vida, en lugar de verla pasar a golpe de dedo.
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