Durante miles de años, la humanidad dependió de fuentes de energía limitadas como la fuerza humana y animal, el viento, el agua o los alimentos. Todo cambió a partir del siglo XVIII, cuando aprendimos a convertir de forma sistemática el calor en trabajo mediante las máquinas de vapor.
Los combustibles fósiles proporcionaron una cantidad de energía muy superior a la disponible hasta entonces. Gracias a ella fue posible construir fábricas, ciudades, redes ferroviarias, barcos, aviones y sistemas eléctricos cada vez más grandes y complejos. La Revolución Industrial fue también, en gran medida, una revolución energética.
El gran reto continúa abierto. Buena parte del mundo moderno sigue dependiendo de calentar algo para producir movimiento o electricidad. Sabemos que este modelo deberá evolucionar, pero todavía desconocemos qué tecnología podrá sustituirlo con la misma potencia, fiabilidad y capacidad para funcionar a gran escala.
«Durante la inmensa mayoría de la historia, sostiene John Constable, el suministro de energía, desde el trigo, el viento y el agua, fue demasiado exiguo para generar estructuras complejas a una escala lo bastante grande como para transformar la vida de las personas. Y entonces llegó la transición de 1700 que transformó el calor en trabajo, y de repente fue posible crear estructuras materiales cada vez más improbables y complejas mediante el aprovechamiento de combustibles fósiles con su inmenso rendimiento energético a partir de la energía invertida. La dependencia del mundo moderno de los combustibles fósiles es casi igual en la actualidad (en torno al 85 % de la energía primaria) que veinte años atrás. La inmensa mayoría de las necesidades energéticas de la sociedad se extrae del calor. ¿Qué será lo que acabe desbancando el “uso propulsor del fuego”, esa extraña conexión del calor y el trabajo que apareció en la vida de la humanidad hacia el año 1700 y sigue siendo vital para el mundo? Nadie lo sabe de momento».
Matt Ridley, Claves de la innovación
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