A mediados de los años ochenta, cuando Internet aún no formaba parte de la vida cotidiana y los teléfonos móviles eran un lujo futurista, el pensador estadounidense Neil Postman lanzó una advertencia que hoy resulta casi profética. Fue en 1985 cuando escribió:
"En 1985 el gran analista tecnológico Neil Postman escribió: «A estas alturas, no ser consciente de que cualquier tecnología va acompañada de un programa de cambio social, mantener que la tecnología es neutral, dar por sentado que siempre es amiga de la cultura, es pura y simple estupidez».[18] De esto se extrae una conclusión también cierta: carecer de programa para controlar la tecnología y ponerla al servicio del cambio social es también una forma de ceguera." (from "Abundancia: Cómo construimos un mundo mejor (Ensayo)" by "Ezra Klein, Derek Thompson, Jesús Cuellar
Neil Postman desmonta una de las creencias más persistentes del discurso tecnológico, es decir que la idea de que la tecnología es una herramienta neutral cuyo impacto depende exclusivamente del uso que hagamos de ella. Según esta visión ingenua, un avance técnico es, en esencia bueno, y los problemas aparecen solo por un mal uso humano.Sin embargo, la historia demuestra lo contrario. Cada tecnología incorpora valores, prioridades y efectos colaterales que reconfiguran la sociedad. La imprenta transformó la autoridad religiosa y política; la televisión alteró el modo en que entendemos la política y el debate público; las redes sociales han cambiado la noción de identidad, privacidad y verdad. La tecnología no solo hace cosas: cambia lo que consideramos importante.
De la advertencia de Neil Postman se desprende una segunda conclusión, igual de contundente: no diseñar un programa para gobernar la tecnología y ponerla al servicio del cambio social es otra forma de ceguera. No basta con reconocer que la tecnología no es neutral; es imprescindible decidir activamente qué objetivos sociales queremos que persiga.
Cuando dejamos que la innovación avance sin marcos éticos, políticos o culturales claros, el “programa de cambio social” no desaparece: simplemente queda en manos de incentivos económicos, dinámicas de mercado o intereses concentrados. El resultado suele ser desigualdad, pérdida de control democrático y una adaptación social reactiva, siempre un paso por detrás del progreso técnico.
En el libro que me leí titulado Abundancia: Cómo construimos un mundo mejor, Klein y Thompson defienden que vivimos en un mundo con capacidad material y tecnológica suficiente para resolver muchos de nuestros grandes problemas, desde la energía hasta la vivienda o la salud. El bloqueo no es técnico, sino político, institucional y cultural.
Aquí la reflexión de Postman encaja con precisión quirúrgica: la abundancia tecnológica sin un proyecto social claro no conduce automáticamente al bienestar colectivo. Al contrario, puede amplificar desigualdades, erosionar la cohesión social y generar nuevas formas de dependencia y exclusión.
De usuarios pasivos a ciudadanos tecnológicos:
- El gran reto de nuestro tiempo no es frenar la tecnología, sino aprender a gobernarla conscientemente. Eso implica:
- Definir qué problemas sociales queremos resolver con ella.
- Establecer límites claros cuando sus efectos colisionan con valores democráticos o culturales.
- Diseñar instituciones capaces de adaptarse al ritmo del cambio tecnológico.
- Pasar de una ciudadanía consumidora de tecnología a una ciudadanía crítica y deliberativa.
Cuarenta años después, la advertencia de Neil Postman resuena con más fuerza que nunca. Creer que la tecnología es neutral es una forma de autoengaño; permitir que avance sin dirección social es una irresponsabilidad colectiva. Como señalan Abundancia y la realidad que nos rodea, el futuro no lo determina la tecnología en sí, sino las decisiones o la ausencia de ellas que tomamos sobre cómo integrarla en la sociedad.
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