Pocas regiones simbolizan tanto el sueño de la prosperidad como California. Y, al mismo tiempo, pocas han encarnado con tanta claridad las tensiones entre crecimiento, identidad y acceso. Lo que en los años cincuenta fue el laboratorio de la expansión urbana —suburbios multiplicándose, población llegando en masa, oportunidades aparentemente infinitas— se convirtió también en el origen de un nuevo tipo de resistencia: la del territorio que comienza a sentirse lleno y que pasa de invitar a protegerse.
La “californicación” o Californication no es solo un término cultural ni una crítica estética a los desarrollos urbanísticos repetitivos. Es la expresión de un cambio de mentalidad: cuando el crecimiento deja de percibirse como progreso compartido y empieza a vivirse como amenaza a la comunidad, al paisaje y a la identidad local. En ese punto, el recién llegado deja de ser vecino potencial para convertirse en presión demográfica; la vivienda deja de ser infraestructura básica para transformarse en frontera simbólica; y la conservación corre el riesgo de mezclarse con la exclusión.
La paradoja que subyace es profundamente contemporánea. Las mismas sociedades que impulsaron la expansión para generar prosperidad construyen después los marcos regulatorios, culturales y morales que frenan nuevas olas de desarrollo. La protección del entorno, la defensa de la belleza o la preservación del carácter local son objetivos legítimos, pero cuando se combinan con dinámicas de escasez pueden terminar restringiendo el acceso a quienes llegan más tarde.
Leído desde el presente —y aplicable a muchas ciudades globales— el caso californiano anticipa debates actuales sobre vivienda, sostenibilidad y cohesión social: ¿cómo crecer sin destruir lo que hace valioso un lugar?, ¿cómo conservar sin convertir el territorio en un club cerrado?, ¿cómo evitar que la planificación urbana se convierta en una herramienta de exclusión generacional y económica? La abundancia, sugieren los autores, no es solo una cuestión de producir más, sino de decidir quién tiene derecho a formar parte de ese futuro.
"California fue la zona cero, tanto de las posibilidades como de los excesos del crecimiento. En la década de 1950, en ese estado se encontraban los cinco municipios que crecían con más rapidez. Por toda California surgían suburbios como amapolas. Antes de que Californication fuera una canción de Red Hot Chili Peppers o una serie de televisión protagonizada por David Duchovny, ya era un término que aludía, según escribe Anbinder, a «la quiebra moral que muchos creían inherente al propio proceso de conurbación urbana». En 1972 la revista Time daba cuenta de los debates que se estaban produciendo en otros estados del oeste, en los que «legisladores, científicos y ciudadanos manifiestan ahora claramente la preocupación por la amenaza de “californicación”». Este crecimiento carecía de la levadura que proporciona el interés en la belleza, la comunidad o la conservación del medio. El término ticky-tacky (de tres al cuarto) procede de una canción grabada por Malvina Reynolds y versionada por Pete Seeger, en la que se describen las anodinas casas, todas iguales, que cubrían las colinas de Daly City, en el límite meridional de San Francisco. La oposición al crecimiento podía caer, y con frecuencia caía, en una especie de misantropía dirigida a los forasteros. Quienes ya vivían en un lugar eran sus administradores, sus guardianes, su voz. Quienes querían mudarse a él se convertían en una horda de consumistas. Harold Gilliam, autor de la columna «This Land» (Esta tierra) para el San Francisco Chronicle, describía la situación con tono sombrío. «Últimamente, todos los problemas de conservación son demográficos. Cualquier esfuerzo que se hace para salvar un vestigio del inmaculado esplendor de California, cualquier campaña destinada a conservar la bahía, las colinas, el estado natural de una zona de costa o un bosque de secoyas, cualquier intento para poner coto al desenfrenado proceso de degradación suburbana o para conservar espacios vacíos para el futuro lo impedirá el avance incesante de nuevas hordas de población que, como enjambres de langostas, devoran todo lo que se alcanza a ver»."
Leído en "Abundancia: Cómo construimos un mundo mejor" by Ezra Klein, Derek Thompson, Jesús Cuellar
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