Hoy es el día de los Reyes, pero nada de monarquías ni otras lacras del pasado, sino de una ilusión que los niños esperan todo el año para recibir regalos, despertar temprano y correr hacia el árbol o el salón con los ojos llenos de sueño y de magia. La historia de los Reyes Magos de Oriente es, en realidad, una mezcla fascinante de tradición religiosa, simbolismo cultural y siglos de reinterpretaciones que han ido moldeando un relato mucho más rico que el breve episodio que aparece en los textos originales.
El origen de los Reyes Magos se encuentra en el Evangelio de Mateo, uno de los cuatro evangelios del Nuevo Testamento. Allí se habla simplemente de unos llamados “magos de Oriente” que, guiados por una estrella mágica, llegan a Belén para rendir homenaje al recién nacido Jesús. El texto no menciona cuántos eran, ni sus nombres, ni que fueran reyes. El término mago, en aquel contexto, no hacía referencia a hechiceros, sino a sabios o astrónomos, probablemente procedentes de Persia o Babilonia, expertos en la observación de los astros y en conocimientos científicos y religiosos de la época.
Con el paso de los siglos, la tradición fue completando los silencios del relato bíblico. El número de magos se fijó en tres, probablemente por los tres regalos que ofrecieron: oro, incienso y mirra. Cada uno de estos presentes tenía un profundo significado simbólico. El oro representaba la realeza, el incienso la divinidad y la mirra la humanidad y el sufrimiento futuro. De este modo, los regalos no eran simples obsequios materiales, sino una forma de expresar quién era ese niño desde distintas dimensiones.
La idea de que fueran reyes surgió más tarde, influida por textos del Antiguo Testamento que hablaban de monarcas que acudirían desde tierras lejanas para rendir homenaje al Mesías. A partir de ahí, la imaginación popular y la tradición cristiana los transformaron en figuras regias, dotándolos de coronas, capas y una solemnidad que hoy resulta inseparable de su imagen. Sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, no se consolidaron hasta la Edad Media, cuando comenzaron a aparecer en escritos, representaciones artísticas y celebraciones litúrgicas.
Fue también en la Edad Media cuando los Reyes Magos adquirieron un fuerte simbolismo universal. Se les representó como hombres de distintas edades y procedencias, e incluso con diferentes colores de piel, para subrayar que el mensaje que traían no pertenecía a un solo pueblo, sino al mundo entero. Melchor suele aparecer como un anciano europeo, Gaspar como un hombre maduro de rasgos orientales y Baltasar como un joven africano, reflejando la diversidad conocida entonces y una idea temprana de universalidad.
Con el tiempo, la historia religiosa se entrelazó con tradiciones populares, especialmente en países como España. La noche del 5 de Enero se convirtió para siempre en un momento mágico en el que los Reyes recorren ciudades y pueblos en cabalgatas llenas de luz, música y caramelos. Ya no son solo personajes de un relato bíblico, sino mensajeros de ilusión, encargados de premiar el buen comportamiento y de mantener viva la fantasía infantil. La carta a los Reyes, los zapatos junto a la puerta y el roscón de Reyes son rituales que conectan generaciones y refuerzan el carácter colectivo de la celebración.
En el fondo, la historia de los Reyes Magos ha perdurado porque ha sabido adaptarse. Ha pasado de ser un breve episodio evangélico a un relato cargado de valores como la búsqueda, el viaje, la curiosidad, la generosidad y la esperanza. Más allá de creencias religiosas, los Reyes representan la idea de que merece la pena seguir una estrella, aunque el camino sea largo e incierto, y de que compartir y regalar puede ser un acto profundamente humano.
Por eso, hoy es el día de los Reyes Magos no como un recuerdo de antiguas coronas, sino como una celebración de la ilusión, de la imaginación y de esa magia sencilla que, al menos por una noche, nos permite volver a mirar el mundo con ojos de niño.




